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SISSOKO EN EL MONTSENY - agosto 09

 

SISSOKO estuvo este finde en el Motseny impartiendo sus conocimientos a los asistentes (por cierto, muy elevados espiritualmente) y mostrando las raíces de la vida y la energía de éstas.

Otra de las cosas que he visto hacer a Sissoko es materializar partículas de Sirio directamente, mis ojos atónitos y los de las personas asistentes parecía que su habían fumado un "peta" o habían aumentado la medicación, fué fantástico!!!.

 

Mensaje recibido el día 20 de junio del 2009

“Es hora de despertar, limpiar los corazones y volver atrás para conseguir lo que estamos buscando”

ALFHA SEKOU - Mensajero Dogón

 

SISSOKO, en encuentra en Barcelona para dar el mensaje de su maestro ALFHA SEKOU.

 

 

 

EL MISTERIO DE LOS DOGON

Por Luis del Palacio 

 

Uno de los fenómenos más inquietantes con que se enfrentan los investigadores de otras culturas, de esas que no pertenecen a nuestra "concepción occidental del mundo", es la vertiginosa rapidez con que van desapareciendo las fuentes en que se nutre la tradición. Pero esta circunstancia no se da igual en todos los ámbitos. El proceso de aculturación depende de diversos factores: el número de personas que forma la comunidad, que las tradiciones se basen sólo en la transmisión oral o que tengan un componente literario que las haga más perdurables, el asentamiento de esos pueblos en áreas próximas o alejadas de los focos de difusión de la cultura predominante, etc. Los antropólogos se ven ahora más que nunca en la necesidad de registrar con urgencia lo que va quedando de las viejas cosmogonías, de las antiguas epopeyas y leyendas que cuentan el origen de tal o cual cultura. La muerte de un viejo chamán puede equivaler a que toda una historia -milenaria a veces- se silencie para siempre. O como ocurrió con la lengua del Antiguo Egipto durante casi mil quinientos años, que no haya nadie capaz de interpretar lo que se encuentra grabado en las piedras; paradójicamente, a la vista de todos.

 

Los dogon no se distinguirían de otros muchos pueblos africanos, cuyas culturas se encuentran en proceso de repliegue, merced a la influencia de los hábitos de vida occidentales, de no ser por una característica de su religión que los singulariza de manera especial: el inexplicable conocimiento -evidenciado en una ceremonia religiosa que celebran cada cincuenta años- de una estrella denominada Sirio B por los astrónomos, que resulta invisible al ojo humano.

 

Hasta pasado el primer cuarto de siglo veinte, los contactos entre el hombre blanco y los dogon fueron casi inexistentes. No había razones económicas que lo propiciaran, dado que la región que habitan es inhóspita y relativamente estéril. África se hallaba aún en plena época colonial y la explotación de los recursos naturales del continente era el objetivo primordial de las fuerzas colonizadoras. Por esta causa, los dogon pudieron continuar como lo habían hecho durante cientos de años: cultivando arroz, cebollas y cereales, guardando sus rebaños de cabras y produciendo unas expresivas y misteriosas tallas votivas.

 

Los primeros antropólogos que dedicaron su atención al estudio de los dogon y sus costumbres fueron, a comienzos de los años treinta, Griaule y Dieterlen. Este matrimonio dedicó muchos lustros al análisis de los rasgos étnicos y culturales de dicho pueblo, y en especial a la función que desempeñan los diferentes tipos de máscaras; las cuales -como veremos más adelante- constituyen uno de los rasgos más singulares y enigmáticos de su ritual religioso. Asimismo fueron los primeros en constatar la importancia que para los dogon tiene Sirio y el extraordinario conocimiento de los chamanes con respecto a esta estrella y, lo que resulta todavía más asombroso, sobre su "compañera invisible", Sirio B. Los cincuenta años que tarda dicha estrella en describir una órbita alrededor de Sirio es un evento que hacen coincidir con la ceremonia mayor de su religión: el Sigui.

 

Pero antes de adentrarnos en este misterio estelar, veamos quiénes son sus artífices.

 

EXTRANJEROS Y PAGANOS

 

Según la tradición, los dogon provienen de algún lugar situado en la orilla occidental del río Niger. Por motivos no aclarados, emigraron hacia el noroeste -actual Burkino Faso- y más tarde hacia el reino de Yatenga. De ahí tuvieron que huir ante la permanente amenaza de los guerreros Mossi, estableciéndose finalmente en la zona de los Montes Bandiagara ( sudeste de Mali),que es donde viven en el presente. Los primitivos habitantes de esta región -con quienes convivieron pacíficamente, sin mezclarse- los llamaban "Babe", que significa "pagano" o "extranjero".

 

Cada uno de los diferentes clanes que componen la sociedad dogon, reclama para sí el privilegio de ser descendiente de alguno de los cuatro patriarcas que, en torno al s. X de nuestra era, condujeron a este pueblo en el éxodo hasta su actual emplazamiento. Domno, Ono, Aron y Dijon son los nombres de estos antepasados cuasi míticos, sujetos de veneración y verdadero patrón que marca la unidad étnica de los dogon, ya que cada comunidad lleva una existencia particular e incluso hablan distintos dialectos.

 

Los poblados se agrupan en torno a los pozos de agua potable. La gina es la unidad familiar, compuesta por el padre, sus esposas y sus hijos e hijas solteros. Una aldea la forman una serie de ginas, regidas por el gina bana, que es el varón más anciano de la comunidad. La principal responsabilidad del gina bana es dirigir las ceremonias litúrgicas, aunque también preside un consejo de ancianos donde se dirimen las disputas familiares y se administra la propiedad.

 

No obstante, la máxima figura política y religiosa está encarnada por el hogon, que es algo parecido a un gobernador bajo cuya autoridad se encuentra todo un distrito. Los gina banas están sujetos a su control, pero ellos a su vez deben obediencia al Gran Hogon. Este último es el jefe espiritual de toda la tribu, descendiente directo de alguno de los Cuatro Fundadores, y gobierna con el auxilio de los hogon. De él depende la seguridad del estado, la tasación de impuestos y la administración de justicia, pero su papel más importante lo desempeña como sumo sacerdote del ceremonial de las máscaras.

 

La sociedad dogon mantiene un rígido sistema de castas, basado -como ocurre en otras culturas- en los diversos oficios: herreros, carpinteros, curtidores, alfareros... Existe asimismo una casta especial formada por  músicos, poetas y chamanes, que, entre otros cometidos, tiene el de salvaguardar la pureza del linaje por vía patrilineal, y preparar a los que serán iniciados en el secreto de las máscaras. 

 

 

 

 

AWA, O EL RITUAL DE LAS MÁSCARAS

 

Hasta la consolidación del turismo como fenómeno sociológico de nuestro tiempo, el arte dogon -representado por sus tallas, figuras tellum (pequeñas imágenes que representan al antepasado común, objeto de culto familiar) y muy especialmente por sus máscaras votivas- tenía una función estrictamente religiosa. Sin embargo, hoy día existe una verdadera industria de la artesanía dogon, cuyas piezas se pueden obtener en lugares tan dispares como un mercadillo o la tienda de "souvenirs" del aeropuerto de Bamako. En una sección del Museo Arqueológico de la capital -salas fundadas por Griaule y Dieterlen- se presenta una nutrida muestra de genuinas máscaras dogon. "Un verdadero sacrilegio", como reconocían hace algunos años los viejos antropólogos en unas declaraciones a la televisión francesa. Detrás de los pulidos cristales de las vitrinas, se hallan las máscaras, estáticas, despojadas para siempre del movimiento de danza al que van asociadas. Representan una variada gama de eventos, unos cíclicos -como las cosechas o la revalidación anual de los poderes mágicos del totem-. Otros inmutables; como la propia cosmogonía, cuyo punto inicial se encuentra en el mito de la creación a partir del "huevo cósmico", donde fueron emplazados dos embriones gemelos pero de distinto sexo, de cuya eclosión surgirían las criaturas andróginas, consideradas como arquetipos.

 

La religión dogon se caracteriza por el culto a los antepasados; aunque existen otros ritos propios de las sociedades agrícolas: Lebe es el culto de las cosechas, y Binu el del totem (animal o vegetal) que simboliza al clan. Cada liturgia cuenta con un tipo de máscara característico. Su precisa elaboración, así como el complejo ceremonial que acompaña a algunas de las celebraciones religiosas, está supervisada por una hermandad compuesta exclusivamente por hombres.

 

Son los llamados olaburu. Su misión constituye un verdadero sacerdocio, que les impide integrarse en la sociedad como "hombres normales". Viven de acuerdo con una estricta observancia monacal e incluso hablan un lenguaje especial -que nadie entiende, excepto ellos mismos- cuyo enigmático nombre es lengua del arbusto. Muchos olaburu -a diferencia de lo que ocurre con otras hermandades religiosas, como los tumo, quienes tienen encomendada la realización del rito batono, celebrado anualmente durante la siembra- nunca participarán en la ceremonia a la que han consagrado su vida:

 

LA CEREMONIA SIGUI Y EL ENIGMA DE SIRIO

 

En una comunidad donde los hombres tienen una esperanza de vida de poco más de cincuenta años (y algo menos las mujeres), muchos no podrán ser testigos de la ceremonia que constituye el clímax de su religión. La causa no es arbitraria ni paradójica, sino que viene marcada por un compás sin sonido, por la danza silenciosa de los astros. El sigui se celebra cada cincuenta años, cuando Sirio -la estrella más brillante del firmamento- aparece en un punto central, situado entre los picos de dos montañas que simbolizan a los dos embriones primordiales.

 

 Hasta aquí -y dejando aparte lo único de la ceremonia, sin parangón en ninguna otra cultura africana- el sigui podría ser clasificado por los especialistas como un ritual estelar donde intervienen factores animistas y elementos del culto a los antepasados. Sin embargo, lo que pone las cosas más difíciles a los investigadores es el hecho de que el sigui tiene un protagonista propio, un personaje representado por una máscara, al que los dogon denominan Nommo.

 

¿Quién ese misterioso Nommo? ¿A quién simboliza su máscara?

 

Nommo -según los estudios de Griaule, Dieterlen, Paule y otros- es quien preside realmente el sigui; es decir, el verdadero destinatario del homenaje. Representado en la Gran Máscara; la que nadie lleva puesta, sino que es colocada por el Gran Hogon sobre una especie de altar. Cada cincuenta años, una vez concluida la ceremonia, es destruida. Y una nueva máscara ocupará el sitial cuando se celebre el siguiente sigui... Lo sorprendente es que Nommo fue, conforme a la creencia dogon, una criatura anfibia procedente de Sirio, que visitó a este pueblo hace incontables generaciones.

 

CRIATURAS ANFIBIAS Y MITOLOGIA

 

Existen repartidas por todo el planeta, algunos relatos de seres anfibios que, según los mitos, instruyeron a la humanidad en una época remota, en diversas disciplinas (agricultura, astronomía, medicina, arquitectura etc.), pasando más tarde al acervo popular.

 

El arqueólogo Arthur Posnansky cita la leyenda de las "deidades del lago", llamadas Chullua y Umantua, en su libro Tiahuanaco, cuna de la civilización americana. Estos seres, mitad hombres, mitad peces, podrían estar representados en dos estatuas levantadas en el edificio denominado Kalasasaya, dentro del recinto arqueológico de Tiahuanaco (Bolivia). Dicha idea ha sido sugerida, con bastante verosimilitud, por el afamado especulador de la historia Graham Hancock, en su reciente obra Las huellas de los dioses.

 

No obstante, el testimonio más interesante y detallado lo proporciona un personaje caldeo del siglo III a. C.: Berosus. Este sacerdote e historiador redactó en griego una obra en tres volúmenes acerca de la historia de Babilonia. Su contenido ha sobrevivido en fragmentos transmitidos por los historiadores Flavio Josefo y Eusebio de Cesarea. En la primera parte de su Historia, Berosus cuenta que "Oannes era el más sabio entre los Annedoti (criaturas míticas, anfibias, abundantemente representadas en los relieves babilónicos con cabeza y parte anterior del cuerpo humanos, y espalda de pez). Oannes -según el relato de Berosus- surgía de las aguas del Golfo Pérsico cada mañana e instruía a los hombres en las artes y las ciencias. A pesar de su aspecto repulsivo ("annedoti" significa, precisamente, "repugnante" o "repulsivo") era un ser bondadoso. Además era el emisario de Ea, dios que presidía el ritual de purificación de las aguas, suprema divinidad de la hechicería, patrón de las artes y padre de Marduk, cabeza del panteón babilónico.

 

Por otra parte Dagon, antiguo dios de la fertilidad, adorado en Siria y en la región más occidental de Mesopotamia, se convirtió en el dios principal de los filisteos, un pueblo guerrero que habitaba en la franja sudoriental del Mediterráneo, entre la actual Jaffa y el noreste de Egipto. Su nombre parece derivar de un antiguo vocablo semítico, cuyo significado es "cereal". Tenía sus templos principales en Gaza y Ashod, y era, como en el caso anterior, una divinidad anfibia.

 

Las teorías sobre el origen de los mitos no nos ayudan demasiado en la tarea de averiguar por qué los dogon adoptaron a un ser anfibio como figura máxima de su panteón. Que pueda pertenecer a lo que Jung definió como "el inconsciente colectivo" sería una posible respuesta al problema de su ubicación. Es decir, adoptando esta teoría no tendría por qué haber habido conexión alguna entre las culturas mesopotámicas y los habitantes de los Montes de Bandiagara, ya que determinadas manifestaciones -concreciones- de procesos mentales abstractos pertenecen al común de la humanidad. No obstante hay dos factores que impiden aceptar, sin más, esta interpretación: Primero por el hecho de que las alusiones a divinidades anfibias no aparecen esparcidas por todo el mundo, como ocurre con otros mitos, sino que proceden de lugares muy determinados, algunos muy alejados entre sí. En segundo lugar, esta teoría no explicaría en absoluto la conexión entre Nommo y Sirio, manifestada en la ceremonia sigui

 

Una vez más, como ha ocurrido tantas veces, la respuesta podría hallarse en Egipto...

 

SACERDOTES ASTRÓNOMOS

 

Durante mucho tiempo la egiptología ortodoxa, aquella que admite sólo lo que con limitados medios es capaz de catalogar, ha negado el pan y la sal a la que probablemente sea la civilización más enigmática de la antigüedad. Por ejemplo, se afirma que no conocieron la rueda hasta muy avanzado el periodo dinástico, que los utensilios de hierro eran prácticamente desconocidos y que sus conocimientos de astronomía no pasaban de una notable habilidad para registrar lo que veían en el cielo estrellado cada noche, y así amalgamar las historias de sus dioses con el curso de los astros. Todo dentro de un estrecho cartesianismo: no se han hallado ruedas datables en las primeras dinastías, luego lo más probable es que no conocieron su uso hasta muy avanzada su historia. Tampoco han sido halladas herramientas de hierro, que prueben su empleo en actividades tales como el desbastado de bloques de granito, o el cincelado de imágenes. Y por otra parte, al carecer de instrumentos de óptica, lentes y mucho menos telescopios, todo el saber astronómico debió de ser adquirido "a simple vista" (¡Y con enorme paciencia!)

 

Sin embargo, pocas cosas hay más engañosas que las aseveraciones pseudo científicas; sobre todo cuando parten de una materia tan sujeta a diferentes interpretaciones. Con la aplicación de nuevas tecnologías y la incursión de otras disciplinas -como la arqueoastronomía o la arqueobotánica- en el "sancta sanctorum" de los egiptólogos, ciertas "verdades" casi axiomáticas están siendo puestas en entredicho. Por ejemplo, la datación de ciertos monumentos -entre ellos las tres pirámides principales y la esfinge del conjunto de Gizah, o el Osireion de Abydos-, así como cuál era su función real.

 

El análisis de las inscripciones grabadas en las pirámides de la dinastías V y VI ( el Imperio Antiguo, dentro del cual se encontraban estas dinastías, abarcó el periodo comprendido entre los años 2650 y 2180 a. C.) , conocidas como "Textos de las Pirámides", revela que no se trataba sólo de un conjunto de formulas y encantamientos para procurar que el alma del difunto faraón alcanzara la inmortalidad, sino además, de una exposición de sorprendentes conocimientos astronómicos, envueltos en alegorías y alusiones míticas. Sólo a través de una experiencia acumulada durante muchas generaciones en el campo de la astronomía y las matemáticas, podría explicarse el hecho de que los antiguos egipcios conocieran -mucho antes que Arquímedes- el valor del número pi y su aplicación práctica, así como el fenómeno de la precesión equinoccial (la lentísima oscilación que la masa terráquea experimenta sobre su eje, y que abarca un periodo total de 25.920 años) Es evidente que estos conocimientos no encajan en absoluto con una sociedad acabada de salir del Neolítico, pero también es cierto que el conocimiento se hallaba en posesión de las castas sacerdotales, celosas guardianas de los secretos encerrados en el ámbito del templo. Los libros de historia suelen presentar el nacimiento de la civilización egipcia como un hecho surgido casi de la nada, en una época inmediatamente anterior al periodo dinástico (hacia el 3.100 a.C.). Esta simplificación constituye en sí misma un reto a la lógica pues ¿cómo podría explicarse -por ejemplo- que el complejo sistema de escritura jeroglífico estuviera ya plenamente formado en los albores del comienzo "oficial" de la historia egipcia?

 

Ningún recalcitrante defensor de la ortodoxia niega, ante los "Textos de las Pirámides", que Sothis-Sirio ocupaba un puesto preponderante en la llamada teología heliopolitana, dada la identificación de esta estrella con Isis, hermana y esposa de Osiris. Tampoco es cuestionable que a Osiris se le asociaba con Orion y que de la unión de ambas divinidades nació Horus. Según el mito, Horus fue el encargado de vengar la muerte de su padre a manos de Seth (hermano de Isis y Osiris) A partir de entonces, Horus pasó a encarnarse en el faraón reinante y Osiris a identificarse con el faraón difunto, reinando en la Duat (el Reino de los Muertos) por toda la Eternidad. En la estrofa 632 se describe el acto en que fue engendrado Horus:

 

"Tu hermana Isis se aproxima colmada de alegría y amor por ti.

Tú (Osiris) la has colocado en tu falo, y de tu semilla germinada en

Sothis ha surgido Horus.

El te protege en su nombre: Horus, el hijo que protege al padre"

 

La identificación de Osiris e Isis con dos cuerpos celestes "próximos" -entiéndase como próximos desde el punto de vista de un observador que mirara al firmamento en una noche estrellada- no admite lugar a dudas: Sirio - la estrella más brillante- parece anteceder a la constelación de Orion. La pareja se halla unida en la inmensidad estelar.

 

Pero... ¿dónde está Horus? ¿con qué estrella cercana a sus progenitores -Osiris/Orion e Isis/Sirio- se la identificaba?

 

Hay que decir que los Textos de las Pirámides no nos ayudan en este punto, y que sólo se alude a una inconcreta "estrella matutina". Parece lógico pensar que se tratara de una estrella no alejada de la "divina pareja", ya que Horus había sido fruto de su unión.

 

El problema es que ninguna estrella visible se prestaba a desempeñar este rol.

 

 

LA HERMANA MENOR DE SIRIO

 

En el año de 1862, el astrónomo norteamericano Alvin Clark descubrió, empleando un potente telescopio, el astro al que la ciencia ha denominado Sirio B. Se trata de un cuerpo estelar de gran densidad -una "enana blanca"- que completa su órbita alrededor de Sirio en el plazo de cincuenta años. Las primeras fotografías de esta "desconocida compañera" de Sirio fueron obtenidas en 1970. El hallazgo -sin duda importante para la astronomía- tuvo asimismo repercusión en otros campos alejados, en principio, de esta disciplina: ahora era posible sostener la hipótesis, desde el campo de la egiptología, de que la "nueva estrella" podía muy bien ser la que los egipcios habían identificado con Horus. Pero, de ser así ¿cómo conocían su existencia?

 

El terreno de la especulación es siempre resbaladizo. Griaule y Dieterlen no trataron de interpretar; simplemente dieron noticia de lo que habían aprendido de la cultura y las creencias del pueblo dogon, tras muchos años de análisis. Y los factores descritos eran en sí mismos sorprendentes. No es de extrañar que este material fuera utilizado por otros autores que sí trataron de interpretarlo, con mayor o menor fortuna.

 

El filólogo y orientalista Robert Temple publicó hacia los años setenta una obra -El misterio de Sirio- que daría pié a una larga y viva polémica, en la que participó como antagonista principal el eminente  astrofísico Carl Sagan.

 

Temple sostenía el origen egipcio de los conocimientos astronómicos de los dogon. Sus argumentos no se fundaban sobre pruebas muy sólidas, aunque distaban de ser descabellados. Después de muchos debates en la prensa y muchas horas de televisión empleadas en réplicas y contra réplicas, la autoridad académica de Sagan -que por aquel entonces se encontraba en pleno proceso de elaboración de su famosa serie de divulgación "Cosmos"- pareció imponerse:

 

Afirmó que los dogon habían asimilado una información moderna, aportada probablemente por misioneros, con respecto a estos precisos datos astronómicos. Y para abonar su tesis, recordó el aluvión de artículos y reportajes sobre temas científicos y arqueológicos que aparecieron en la prensa durante la década de los años veinte (especialmente a partir de la apertura de la tumba de Tutankhamon, en 1922) No era, pues, preciso buscar la clave a miles de kilómetros, y mucho menos remontarse a un pasado remoto.

 

De poco sirvieron las protestas de Griaule y Dieterlen quienes finalmente se decidieron a terciar en la polémica cuando declararon que la interpretación de Sagan era absurda, ya que les constaba que los dogon no habían tenido contacto directo con el hombre blanco antes de 1931, año en el que el matrimonio de antropólogos visitó por primera vez aquella zona del sudeste de Mali.

 

Habrían de transcurrir aún varios hasta ver cuál de las hipótesis debía ser definitivamente rechazada. En 1988 se efectuó la datación por medio del Carbono-14 de una estatuilla que representaba el carácter dual de Sirio, y que resultó tener una antigüedad no inferior a quinientos años. Y, como colofón, apareció el testimonio aportado en 1990 por el prior de la misión en Mali de los Padres Blancos, según el cual no se había enviado ningún misionero a la región de los Montes de Bandiagara, antes del otoño de 1949...

 

 

20 octubre 2003

 

LOS HOMBRES PECES DE SIRIO VIAJAN EN
CARROS DE LA COMPRA INTERESTELARES

 

Hombres-peces del sistema estelar de Sirio llegaron a la Tierra hace unos mil años, entraron en contacto con el pueblo dogon en lo que hoy es Mali y prometieron regresar. Es el último 'descubrimiento' de Juan José Benítez, quien recrea el desembarco alienígena en una escena de 'Planeta encantado', la serie que emite Televisión Española (TVE). El tercer episodio de esta superproducción, 'Los señores del agua', está dedicado al misterio de Sirio y llega a ser tedioso cuando, durante minutos y minutos, el periodista juega al documental etnográfico para que la historia de los dogones y la estrella Sirio B, invisible al ojo desnudo, no se agote en diez minutos.

La historia de Sirio, la estrella más brillante del cielo, sus dos invisibles compañeras y los dogon tiene más de medio siglo. Los primeros que la contaron fueron los antropólogos franceses Marcel Griaule y Germaine Dieterlen. En 1950, publicaron en el 'Journal de la Société des Africainistes' un artículo, titulado "Un sistema sudanés de Sirio", en el que afirmaban que la cosmogonía de la tribu africana giraba en gran parte alrededor de Sirio -'sigu tolo' en la lengua dogon y dos estrellas compañeras, según habían narrado varios ancianos a Griaule. Sirio B no pudo ser fotografiada hasta 1970 y Sirio C fue descubierta en 1995. Entonces, ¿cómo sabían los primitivos dogon de su existencia? Griaule y Dieterlen no hicieron en el artículo original mención alguna a lo extraordinario del conocimiento de los dogon, destaca el arqueólogo belga Filip Coppens en el artículo sobre el enigma de 'The encyclopedia of extraterresstrial encounters', una indispensable obra colectiva dirigida por Ronald D. Story. Fue Robert K.G. Temple, autor de 'El misterio de Sirio' (1977), el primero que llamó la atención sobre el fantástico conocimiento de ese pueblo africano y lo atribuyó a visitantes extraterrestres, aunque ahora Benítez diga que él ya se dio cuenta de la trascendencia del trabajo de Griaule y Dieterlen en 1972, y quedó "desconcertado y fascinado".

 

El intento de apropiación del descubrimiento del enigma es sólo el primero de los desmanes cometidos por el periodista en 'Los señores del agua'. Benítez no cita en el documental a Temple en ningún momento y presenta una versión de los trabajos de Griaule y Dieterlen que poco tiene que ver con la realidad. Así, afirma que el primero "supo de la increíble cosmogonía dogon" en 1931 y destaca que, por aquel entonces, Sirio B no había sido fotografiado y era, por tanto, "imposible que la tribu estuviera al corriente del hallazgo". La verdad es que Griaule recibió la primera noticia de las creencias siriacas de Ogotemmel, un viejo dogon ciego, en 1946 y, por otro lado, la existencia de Sirio B era conocida por la ciencia desde 1862 y varios observadores creyeron ver Sirio C entre 1920 y 1930.


Para quienes lo han estudiado con seriedad, la clave del misterio estriba en que no hay nada en la cosmogonía atribuida a los dogon que no supiera la ciencia en 1931, cuando Griaule empezó su investigación en Mali. Como indica Carl Sagan en 'El cerebro de Broca' (1974), los conocimientos astronómicos de ese pueblo africano incluían, además, la existencia de los cuatro satélites interiores de Júpiter y de los anillos de Saturno, así como que la órbita de los planetas es elíptica. Todo ello se sabía ya en 1930. Sin embargo, los dogon no conocían los anillos de Urano, descubiertos en 1977, lo que, apunta Sagan, "propicia la tesis de que sus informadores no fueron extraterrestres, sino europeos". Seguramente, se trató de un fenómeno de asimilación cultural, de transmisión de información por parte de un misionero o un explorador antes de la llegada de Griaule. "El pueblo dogon obsequió al visitante con su mitología sobre la estrella. Luego, con una sonrisa, llenos de expectación, tal vez preguntasen al visitante por 'su' mito sobre Sirio, interesándose por la leyenda de un pueblo extranjero sobre tan importante estrella", lucubraba el astrofísico a principios de los años 70, al tiempo que recordaba que "por entonces la oscura compañera de Sirio era una sensación astronómica de moda".

Pudo ocurrir eso o que, como apunta Coppens, Marcel Griaule, quien era aficionado a la astronomía, fuera el origen de todo. Posteriormente, ningún otro antropólogo ha encontrado pruebas de ese conocimiento astronómico procedente de visitantes de Sirio. Walter van Beek, un antropólogo belga que pasó once años con los dogon, no halló rastro alguno de ese saber secreto que Griaule atribuía a un 15% de los indígenas. Además, hablando con los informadores originales del investigador francés, descubrió que discrepaban entre ellos sobre qué estrella era 'sigu tolo', la que Griaule había tomado por Sirio B. Para unos, se trataba de una estrella invisible; para otros, de Venus. "Todos coincidían, no obstante, en que lo que habían aprendido de la estrella se lo había enseñado Griaule", afirma Van Beek. ¿Y qué dice Benítez?

El periodista navarro no cuenta nada de esto en el episodio de 'Planeta Encantado' dedicado al misterio de Sirio, del que pasa media hora de aburrida etnografía de enciclopedia antes de ver al primer anciano dogon sentado junto al escritor. Los viejos de la tribu le cuentan entonces a las primeras de cambio -¡a ver si aprenden los antropólogos!- la historia de los hombres-peces que llegaron a la Tierra en una nave espacial con forma de carro de supermercado interestelar, pero sin ruedas. Y el escritor concluye que el encuentro entre los dioses y los dogon tuvo lugar hace unos mil años y está en el origen de la cosmogonía siriaca de Griaule. Hay tres momentos en los que el ridículo llena la pantalla: cuando se recrea la llegada de los habitantes de Sirio a Mali; cuando Benítez saca de la cartera fotos de ovnis, se las enseña a los ancianos, y éstos le dicen que son como la nave de los dioses y que, si él tiene las imágenes, es porque es un hombre sabio; y cuando el periodista relaciona el símbolo que corona las máscaras rituales dogon con el de los ummitas, los extraterrestres inventados por José Luis Jordán Peña que algunos ufólogos creen que viven entre nosotros desde hace décadas. Por lo demás, para vender sus extraterrestres, Benítez oculta a los espectadores todas las investigaciones serias que se han hecho tras la de Griaule. A fin de cuentas, ése es el negocio en el que lleva metido más de tres décadas y por el que parece apostar una televisión pública a la que, como al autor navarro, da la impresión de que la verdad importa un bledo.

 

La ciudad de Tombouctou, información de interés Población: 32460 habitantes

 

 

Tombuctú es una mítica ciudad (la de los 333 santos), cercana al río Níger (a sólo 7 km de distancia del río), en la República de Malí, estuvo durante siglos vedada a la visita de personas no islámicas. Hasta 1928 ningún europeo pudo entrar en ella, y el primero que lo hizo escapó disfrazado de árabe.

Era el punto de entrada al desierto del Sahara y de reunión de los camelleros Tuareg, quienes la fundaron en el año 1100, durante la dinastía Mandinga.

“El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios sólo se encuentran en Tombuctú.”, decía un antiguo proverbio, en alusión a la principal actividad de la región, el comercio. Los camelleros traían desde el Mediterráneo la sal y la intercambiaban por oro, frutas y pescado con las tribus negras que poseían dichos bienes en abundancia.

Durante el siglo XIV se construyó la muralla actual y la primera mezquita. Tuvo su mayor esplendor durante el reinado de los Askia (1493-1591), con más de 100.000 habitantes de diversas etnias: bereberes, árabes, mauritanos, bambas y tuareg. Los habitantes estaban organizados en barriadas, donde se agrupaban, pero manteniendo activa la ciudad mediante el comercio.

En 1591, tropas mandadas por el sultán de Marruecos conquistaron la ciudad y otras poblaciones de la zona. La expedición estaba formada en gran medida por moriscos, al mando de los cuales se encontraba un morisco castellano conocido como el Pachá Joder, a causa de una expresión que debía de ser habitual en él. La mayor parte de estos soldados se quedaron en Tombuctú y se fundieron con la población local. El dominio marroquí duró casi cien años, al cabo de los cuales los sultanes perdieron interés por la ciudad dado que no habían llegado a controlar las minas de oro y que resultaba demasiado caro mantener el poder nominal sobre la misma y sobre la región en general.

La procedencia del oro con el que comerciaban las tribus negras era desconocida, y sumado al hecho que no se permitía la entrada a los no musulmanes, originó las más diversas historias sobre la ciudad.

Pero Tombuctú también fue famosa por su cultura, convirtiéndose en un centro de estudios islámicos, gracias a las diversas facultades de su Universidad. Cuando la prohibición a los no musulmanes fue levantada, durante la época francesa, llegaron a su Universidad letrados y científicos de distintos lugares, españoles, egipcios, persas y de todo el Magreb.

En 1893 la ciudad cae bajo la dominación colonial francesa, no sin la resistencia de los Tuareg, que sufrieron grandes bajas dada la diferencia de armamento. La ocupación francesa se mantuvo hasta 1960, momento de la independencia de Sudán, cuando tomó el nombre de Malí.

La mayor parte del área de la ciudad esta dedicada a mercados y espacios públicos. Sus calles son de arena, estrechas y sinuosas.

Uno de los lugares más atrayentes para el visitante es su muralla, de unos 5 km, pero también la Mezquita Djigareiber (la grande), construida en 1325 por el arquitecto granadino Ishaq es-Saheli, a petición del emperador Kankan Moussa. Esta es la única mezquita a la que pueden acceder los visitantes no musulmanes.

También es apreciable la belleza de la Mezquita Sankore, convertida en universidad islámica; el Palacio Buctú y la Mezquita Sidi Yahia, recuerdos de la edad de oro de esta ciudad.

A fines de septiembre de 2003, se terminó la construcción de la Biblioteca Andalusí de Tombuctú, donde se albergarán más de 3000 volúmenes con manuscritos de tan rica cultura, pertenecientes en su mayoría a los siglos XV y XVI.

La desertificación y la acumulación de arena traída por el viento seco “harmattan”, destruyó la vegetación, el abastecimiento de agua y muchas estructuras históricas de la ciudad. Después de que Tombuctú fue inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro, la UNESCO inicio un programa para conservar y proteger la ciudad.